miércoles, 19 de junio de 2013

El fotógrafo de cadáveres. Julio Castedo.



Título: El fotógrafo de cadáveres.
Autor: Julio Castedo
Editorial: Plataforma editorial
ISBN: 978-84-15577-08-9
Páginas: 213
Fecha de Publicación: Septiembre de 2012.




“Es probable que, aunque hubiese crecido
totalmente ajeno a tu influencia, tampoco habría
podido llegar a ser como tú habrías deseado”
(Carta al padre. Franz Kafka)



“No ignora que la memoria confabula en
secreto a favor de nuestro bienestar, que
exagera los recuerdos agradables y tiende a
dejar escapar lo turbio, a hacer confuso lo abyecto”
(El fotógrafo de cadáveres. Julio Castedo)




Cuando allá por el mes de enero de este año puse en marcha esta sección, dedicada a nuestros autores noveles, ya columbraba que su misión y su razón de ser era la de apoyar y ayudar en su carrera a todos esos autores, dotados de un gran talento, que esperan una oportunidad para darse a conocer y tener “esa” oportunidad para poder iniciar su carrera literaria.  Mi última publicación en esta sección data del 14 de enero de 2013, cuando analicé y reseñé la extraordinaria novela “Hojas de dedalera” de la escritora salmantina Victoria Álvarez. Desde entonces he leído varias novelas que muchos autores han tenido la amabilidad de enviarme (a los que, por cierto, he contestado a todos, dándoles mi opinión personal sobre su trabajo, así como algunos consejos que, en mi opinión, les podrían ayudar en su incipiente carrera literaria). Por otra parte, si algo tengo claro es que este blog está concebido desde la máxima honestidad, por mi parte, a la hora de aplicar, con todo rigor, como he hecho siempre, el análisis crítico de las novelas. Y entendí que, tratándose de autores noveles que buscan darse a conocer y dado que la finalidad principal de este blog es “dar un empujón” a los escritores que empiezan, no sería muy adecuado, ni probablemente justo, publicar la reseña de una novela que, personalmente, no considerase que tuviese un mínimo interés literario y artístico y que, incluso, y en el peor de los casos, su publicación pudiese llegar a perjudicar al autor. Aún me quedan bastantes novelas por leer, y gracias a vuestra confianza en mi trabajo me siguen llegando muchísimas,  y espero que, poco a poco, pueda ir leyendo todas. Como os podéis imaginar esta sección representa para mí un tremendo sobreesfuerzo, porque muchas de las novelas que leo no llegó a reseñarlas en la sección (de hecho esta será la segunda novela que reseño en este blog en seis meses) pero sí les hago llegar a sus autores un “informe de lectura” con mi opinión al respecto. Me consta que este blog es seguido por algunas editoriales muy prestigiosas, lo cual es un motivo de orgullo y es, para mí, todo un acicate en la búsqueda de esos autores de talento que, por unas causas u otras, no consiguen dar el salto al reconocimiento público.




Dicho todo lo cual y después de este largo “proemio”, que, en mi opinión, era necesario e ineludible, vamos a entrar en el estudio crítico, propiamente dicho, de la novela que nos ocupa. A modo de marco general, en el que circunscribir el carácter de la reseña de la novela “El fotógrafo de cadáveres” del escritor madrileño Julio Castedo, no me duelen prendas en reconocer que, en mi opinión, se trata de una novela magnífica, sin paliativos, y más aún tratándose, prácticamente, de un autor novel. Un texto, desde un punto de vista analítico, tremendamente rico e interesante y con algunos detalles, en los que más adelante profundizaré, que muestran el indudable talento de su autor a la hora de narrarnos esta interesante historia.





Por seguir un cierto orden metodológico en la exposición de este análisis, y con la loable intención de situar al eventual lector de esta reseña, creo que lo más adecuado será empezar por pergeñar someramente la sinopsis argumental de “El fotógrafo de cadáveres” de Julio Castedo. Para este fin voy a transcribir la recensión que la editorial Plataforma nos ofrece en la contraportada del libro:




“Ambientada en la Primera Guerra Mundial, El fotógrafo de cadáveres narra la historia de dos protagonistas: Stefan Adler, un brillante fotógrafo vienés contratado para fotografiar a los cadáveres de los hijos de la alta sociedad austriaca muertos en el asedio austro-húngaro a la ciudad de Belgrado; y Arthur Klammer, un joven soldado, nihilista e introvertido, que se ve obligado a participar en una contienda que no comprende, una guerra en la que no hay redención ni purificación, sino solo un dolor intenso e injustificable.


Tras el estallido de la Gran Guerra, Adler realizará su trabajo con una perfección cada vez más obsesiva, queriendo devolver a los padres de los soldados muertos una imagen serena de sus hijos, un recuerdo que puedan contemplar. Aprende a suturar, a maquillarlos, a disimular sus heridas, para que una vez fotografiados puedan dar la sensación de que estuvieran dormidos. Convierte así un oficio aparentemente repulsivo en una tarea cargada de humanidad.


Mientras tanto, Klammer colisiona con un mundo de rigidez e intolerancia militar desconocido para él, y debe enfrentarse a la muerte y al horror una y otra vez. La vida de barro, ratas y peligro de las trincheras le resulta insoportable a un joven culto que no comprende el mundo en el que vive y sueña con ser escritor...”.




En primer lugar tengo que decir que me ha sorprendido muy positivamente la edición, tan cuidada, de la novela. A pesar de tratarse de una editorial pequeña es un placer leer esta novela sin encontrarse, con la desafortunada y, por desgracia demasiado habitual aparición de todo tipo de errores (sintácticos e incluso ortográficos) que tanto daño les hace. Es una auténtica delicia disfrutar de la prosa, tan hermosa y lírica en algunos fragmentos, tan rica tanto en imágenes como en su gran capacidad evocadora, con la que Julio Castedo “viste” su novela. Si analizamos detenidamente la prosa veremos que una de sus virtudes, en mi opinión, es la plasticidad con la que se adapta, y en algunos momentos subraya, la acción dramática. Por así decirlo su prosa está en función de la narración y no al revés.




Uno de los puntos que me ha resultado más atractivo e interesante ha sido la construcción formal de la novela basada, fundamentalmente, en la acertada disposición de varias columnas basales que sostienen toda la estructura del relato. Voy a intentar, por desgracia someramente, analizar algunas de estas columnas basales que cimentan, desde un punto de vista técnico, el éxito de “El fotógrafo de cadáveres”. Por una parte, tengo que destacar, el acertado uso que hace el autor al situar el tiempo narrativo en el presente. Ese uso del presente es fundamental para dar coherencia al relato que nos propone Julio Castedo. A este uso del tiempo narrativo se une la voz de un narrador no omnisciente, excepto en algunos momentos muy puntuales, que se limita a acompañar la acción dramática. Lógicamente, no puedo, ni debo, reventar la novela pero dados los hechos que acaecerán al final de la novela, estos presupuestos que acabo de referir serán fundamentales, lo que demuestra el oficio y la inteligencia narrativa con la que Julio Castedo concibe y estructura su novela. Por otra parte la novela está estructurada en pequeños capítulos (en concreto treinta y ocho) en las que el autor nos va a ir narrando, alternativamente, el relato de Stefan Adler y el de Arthur Klammer. Sin embargo, el autor sabe dotar de una coherencia interna a estos dos relatos, aparentemente paralelos. No me resisto a citar uno de los momentos más notables del libro que es la transición que Julio Castedo utiliza para “unir” mediante una bellísima “sinestesia temática” (permítaseme esta expresión) que ofrece una clara sensación de continuidad temporal. En el final del capítulo cuarto Arthur Klammer teme que llamen a la puerta de su casa y se presente un suboficial para entregarle la carta de incorporación a filas:



Arthur odia la prosa castrense. No ha salido todavía de la cama, nunca ha estado en un cuartel y ya reniega del ejército como si hubiera ingerido y vomitado su rancho cien veces, porque algo le dice que el cumplimiento de su última profecía es inminente.



Cesa el viento, que calla igual que una vieja respetuosa ante el paso de un cadáver. Su madre vuelve a casa y él oye el apresurado vaivén de sus pisadas en la planta baja. Después de un instante vacío que Arthur habría deseado perpetuo, suenan tres fuertes golpes de aldaba en la puerta”.



Sin solución de continuidad el capitulo quinto comienza de la siguiente manera:



“Stefan Adler recoge el sobre que el cartero ha deslizado esa misma mañana bajo la puerta. Le duele la cabeza por los excesos de la noche anterior, y al agacharse siente como si le clavaran cientos de agujas en la nuca. En el remite, escrito con una caligrafía clásica y elegante, hay un nombre de mujer que le resulta lejanamente familiar: Baronesa Elisabeth Molker”.




(Obsérvese la elegancia y la belleza con la que enlaza ambos capítulos y ambos relatos utilizando el elemento de la llamada a la puerta de Arthur presagiando la llegada de la carta y cómo en el siguiente capítulo enlaza con que aparece una carta debajo de la puerta de Stefan)





Otro de los puntos en los que me gustaría detenerme es el acertado diseño y la profundidad psicológica que Julio Castedo consigue imprimir a sus personajes. No negaré que, personalmente, me atraen mucho, desde un punto de vista literario, esos personajes torturados, con un fuerte componente nihilista, como son los personajes principales de esta novela, especialmente el de Stefan Adler. Un personaje que, en otras manos menos expertas, tendría tendencia a “desmandarse”. Sin embargo, Julio Castedo le dota de una estimable contención en su dolor, en su desesperación y, en definitiva, en su sensación de haber comenzado su ocaso vital. Esta sensación de carnalidad y vida del personaje se debe, en gran medida, a su “oposición” casi contrapuntística, con el otro protagonista de la novela el joven Thomas Klammer. La novela está ambientada en plena primera guerra mundial, de hecho se inicia con el asesinato del emperador Francisco José en Sarajevo, sin embargo, y al menos esa es mi opinión, más que una novela histórica, que en cierto modo lo es, la definirá como una novela intimista que nos va a “obligar” a pensar, a reflexionar sobre el sinsentido de las guerras y de la alienación de los seres humanos en esos conflictos bélicos.




Me ha interesado mucho la autocontención del autor a la hora de narrarnos “El fotógrafo de cadáveres”. A la novela, de poco más de 200 páginas de una generosa tipografía, no le sobra ni un página de más (valga la expresión, tal vez, algo grandilocuente). En ese ejercicio de contención Julio Castedo no ha navegado por “meandros” accesorios de la novela que, por otra parte, en la literatura actual suele ser tan habitual con el fin de “engrosar” artificialmente la novela. En ese ejercicio de belleza formal es insoslayable analizar cómo van convergiendo, de un modo casi inapreciablemente al principio, los dos relatos, para terminar con un bellísimo final de un lirismo estremecedor. Destaco y recomiendo, especialmente, el último capítulo del libro escrito con una delicadeza y una sensibilidad que sumergen al lector en esa belleza “decadentista” de la Viena imperial, en aquellos momentos en que el imperio se está deshaciendo por momentos. Como bien saben los lectores y seguidores de este blog literario, para mí es muy importante la manera de rematar la novela. No hace mucho, en otra reseña anterior, ya comenté que en algunos casos un final abierto puede resultar magnífico, mientras que en otros casos, en mi opinión, mostrar alguna carencia técnica en el autor. En el caso de “El fotógrafo de cadáveres” es una novela magníficamente resuelta y con un final en “pianissimo” que, como ya comenté más arriba, me ha subyugado.




Si analizamos la dinámica interna del texto, podemos comprobar cómo el autor va regulando, sabiamente, la acción de ambas tramas paralelas. Sería un tema interesante poder detenerse en el análisis de cómo se van entrecruzando las escenas en un “in crescendo” “dinámico” que concluirá en el clímax del cruce de ambas líneas narrativas, pero este estudio desbordaría los límites propios de una reseña literaria. En cualquier caso insto al lector que repare y se deleite con ese “increscendo” narrativo.




Una vez que hemos analizado formalmente la obra, por desgracia someramente, creo que merece la pena detenernos en el fondo de la novela. Como comentaba más arriba, y a pesar de que “El fotógrafo de cadáveres” se desarrolla durante la Primera Guerra Mundial, el relato que nos plantea resulta intemporal al que el autor le imprimé un marcado carácter humanista: “Homo sum, humani nihil a me alienum puto” (Hombre soy, nada humano me es ajeno), siguiendo la celebérrima cita del comediógrafo Terencio. Como buen médico que es el autor, veremos cómo tomará distancia en las narraciones más escatológicas y lejos de “regodearse” en las heridas y las mutilaciones de los cadáveres, nos las describirá con la precisión científica y desapasionada de un galeno y siempre porque, de alguna manera, son necesarias en el relato. Y como consecuencia, de ese humanismo antes citado, Julio Castedo utilizará el escalpelo, con precisión quirúrgica para diseccionar, con extrema delicadeza las relaciones paterno-filiales. A lo largo de la historia de la literatura se ha escrito mucho acerca de las relaciones materno-filiales, pero, sin embargo, no es tan habitual estudiar el vínculo entre padres e hijos. He querido comenzar esta reseña, al igual que Julio Castedo la novela, citando esa hermosa frase del libro “Cartas al padre” del gran escritor checo Franz Kafka, autor rigurosamente contemporáneo a la época que narra la novela y deudora, como no, por ese sentimiento existencialista que destila su vida y su obra. Ruego al lector que repare en la profundidad y en todo lo que representa esa cita Kafkiana.



“El fotógrafo de cadáveres” tiene muchos momentos de una gran altura literaria y de un lirismo contenido que, lo digo con toda honestidad, me han provocado un gran placer estético. Hay varias escenas que me gustaría destacar, por citar alguna y sin desvelar mucho el argumento, me gustaría citar todo ese monólogo interior, toda esa zozobra que zahiere al personaje de Stefan en el capítulo 19. Transcribiré una parte de ese monólogo para que el lector pueda hacerse una idea.




Le da vergüenza recrearse en esos pensamientos, hacer el mismo juego de conjeturas sinuosas con el que tanto tiempo perdió durante su adolescencia, cuando por un exceso de especulaciones fue incapaz de acercarse a las chicas que verdaderamente lo cautivaban y tuvo que conformarse con aquellas otras, sin duda menos atractivas pero más accesibles, que tomaban la iniciativa y enseñaban con picardía sus cartas. Eso lo llevó a tener muchas relaciones, a conocer a un buen número de mujeres sin entregarse a ninguna. El verdadero amor había sido esquivo con él. Ahora ya no se siente con fuerzas para enamorar a nadie, ya no sabe de qué atributos presumir, porque el tiempo ha consumido buena parte de sus fuerzas, y el alcohol y la tristeza han mermado su ingenio hasta dejarlo al ras de lo anodino; ni siquiera puede alardear ya de su profesión de fotógrafo, que en tiempos de paz atraía a las jóvenes de todas las clases sociales por la posibilidad de verse retratadas como si fueran grandes damas, pero que en el escenario de la guerra se han convertido en un oficio de difuntos”.




Un libro tan rico en matices y variado en su desarrollo temático como es “El fotógrafo de cadáveres”, no se queda sólo en una “novela”, por así decirlo, en este libro Julio Castedo nos hará reflexionar sobre la condición humana y sobre el sinsentido de la guerra. No me resisto a citar, textualmente, un fragmento de su novela, que en estos tiempos que vivimos no debería dejar a nadie indiferente.




En Zagreb, tal como presumía Arthur, les enseñan a obedecer, a cumplir una orden sin cuestionarla, por pueril o descabellada que parezca. Ésa es la piedra angular del ejército: la anulación de la posibilidad de réplica. Arthur cree que la sociedad genera aviesas estructuras de sometimiento: la política, las religiones, el ejército, todas distintas en su apariencia, pero siempre con el mismo fin: anular las voluntades individuales y ponerlas al servicio de sus líderes. Para él ningún hombre debe poseer la voluntad de otro, nadie tiene el derecho a manipular a quien siendo más débil, o menos inteligente, acepta participar en un juego del que ni siquiera conoce bien todas las reglas. Le parece irrefutable que la sociedad se ha basado desde siempre en un avance en un principio negativo: que muchos obedezcan a unos pocos para evitar su castigo. Y odia la inmunda paradoja de la guerra, según la cual un hombre lo pierde todo, incluso su vida, para que otro obtenga un beneficio insignificante”.




Una vez más, y por desgracia, van a quedar en mi cuaderno de notas decenas de apuntes, sugerencias y sentimientos que la lectura de “El fotógrafo de cadáveres” de Julio Castedo ha dejado en mi ánimo y en mi corazón. Y lo siento, porque es una novela de una gran riqueza literaria y con muchas posibilidades analíticas. Pero el estudio de esta novela ha desbordado, ampliamente, los límites razonables de una reseña literaria.




Antes  de terminar esta reseña me gustaría comentar algunos detalles con respecto a esta sección de “autores noveles” dentro de este blog literario. Como comentaba, justo en el “proemio” a este análisis sobre la novela de Julio Castedo, me gustaría dar las gracias a las decenas de escritores que me envían sus obras para que las lea. Siempre que recibo estás novelas que se me envían con tanto cariño y tantas esperanzas puestas, resulta muy duro para mí tener que leerlas con espíritu crítico y mucho más aún cuando veo que todavía les queda mucho a sus autores para alcanzar un nivel óptimo, literariamente hablando, por supuesto. Por lo cual he decidido sólo publicar en esta sección las reseñas de las novelas que, en mi opinión, son de una calidad sobresaliente, porque no sería capaz de hacer una crítica negativa de un autor que comienza en este apasionante mundo de la literatura. En cualquier caso yo leo todas las novelas que me llegan, poco a poco eso sí, porque estoy desbordado de trabajo y aunque no alcancen ese nivel óptimo siempre contesto a los autores con un “informe de lectura” dándoles mi opinión y consejos para mejorar su técnica narrativa.




Hasta el día de hoy han sido reseñadas en esta sección dos grandes y magníficas novelas: “Hojas de dedalera” de la escritora salmantina Victoria Álvarez y “El fotógrafo de cadáveres” del madrileño Julio Castedo. En ambos casos estas novelas tiene nivel y categoría para dar el salto a prestigiosas editoriales que les ayuden a progresar en sus respectivas carreras. Sin duda alguna puedo afirmar, sin miedo a equivocarme, que he reseñado en el blog “Las bizarrías de Belisa” novelas de autores profesionales bastante peores, literariamente hablando, que estas. Por último me gustaría deciros que, de ahora en adelante, a los autores noveles, no les voy a otorgar una nota final valorando su calidad. Eso queda para los escritores profesionales que reseño en el blog. Eso sí, puedo garantizar que todos las novelas que aparezcan en esta sección serán, a juicio de este crítico literario, de una calidad excelente.




Para terminar, y a modo de resumen, me gustaría recomendar a todos los amigos de este blog la lectura de esta novela por todo lo que he expuesto con anterioridad. También aprovecho para comentaros que, como es costumbre en esta sección, Julio Castedo ha tenido la amabilidad de concedernos una entrevista, que será publicada próximamente, con el objetivo de conocer un poco más en profundidad al autor. Voy a terminar esta larga reseña con un hermoso fragmento de “El fotógrafo de cadáveres” que habla del amor:




“A veces el amor llega de repente, te invade y te confunda y es hermoso que sea así, pero en otras ocasiones sólo se desliza, como el agua entre los dedos, para después hacerse profundo y cambiarlo todo”.

© Luis Alberto Cao


(Para ilustrar esta reseña os dejo un interesante documental sobre el asesinato de Francisco Fernando en Sarajevo, detonante de la Primera Guerra Mundial, y que es es narrado en esta novela)